Mi 2016: Luchar para redefinir el tiempo.

ranita

 

Como (casi) cada año, y a veces en contra un poco de mi propia voluntad, he decidido tomarme el día con un poco de tranquilidad entre todo este espantoso trajín navideño para continuar la tradición y hacer balance de este año que se termina en unas horitas.

Voy a contaros primero una anécdota. Las últimas uvas comenzaron con una frase de mamá. “Este va a ser tu año, yo lo sé”, me dijo. No sé de dónde vino esa frase. De dónde sacó ella la conclusión de que podría ser así, pero esa frase fue casi como un augurio. Aún veo el rostro de mi madre diciéndome esas palabras, y reconstruyo al completo la escena. Lo he hecho muchas veces durante estos meses. Si tuviese que hablar de una palabra constante durante todo este 2016 sería la palabra tiempo.

Pasé casi todas las navidades pasadas encerrada en la casa familiar, haciendo compras y viendo a algunos amigos pero sobre todo, en los ratos libres de obligaciones, pasé las navidades encerrada en el cuarto desde el que ahora escribo, el cuarto de pintar de mi padre, donde hay una mesa, una ventana, y yo comencé a hacer fichas, y a tomarme en serio aquello de estudiar las oposiciones que pensé que jamás conseguiría aprobar. Por entonces, ya había conseguido tener un trabajo a jornada completa, un contrato de un año renovable otro año más, como profesora lectora, en la universidad de Montpellier. La carga de trabajo era bastante alta, y a principio del curso me había cruzado, por azar, con algunas compañeras de clase de cuando, años antes, asistía, como turista, a algunas clases de preparación para la oposición. Ellas me habían intentado animar a retomar las clases y a estudiar, y yo, intermitentemente, iba, si los horarios y la carga de trabajo en la universidad me lo permitían, a algunas de las clases, para estar con ellas y tomar algún café. También comencé a compartir tiempo con la compañera que hoy continúa conmigo en otras geografías de Francia, con la que estudié y reí y lloré durante horas y horas en todos los bares, bibliotecas y centros culturales de Montpellier (y eventualmente en algunos de Toulouse o Niza). Pero antes de esto, por alguna extraña razón, fue en navidades cuando me dije que al fin tenía algo de tiempo que podía aprovechar (já) para hacer algunas fichas, leer las obras del temario de la oposición y comenzar a intentar estudiar antes de retomar el trabajo y con él, las correcciones, las clases y las reuniones y tutorías.  Así que, a este mismo cuarto desde el que escribo, le debo los borradores de muchas de aquéllas fichas sobre la obra de Borges y de Cervantes, con las que después me preparé la oposición. A menudo recuerdo la frase de mi madre la Nochevieja pasada y pienso que tuvo algo (o mucho) de premonitorio.

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El año comenzó con aquélla frase de mi madre. Le siguió mucho trabajo en la universidad (maldito Plan de Bolonia, los parciales nunca terminan), preparar clases, corregir exámenes, vigilar parciales los sábados… cuando podía, iba a algunas clases que no pertenecían a la preparación de la oposición que yo estudiaba, sino a otra similar (y mucho más complicada) con la que el temario, este año, tenía algunos puntos comunes. En general solamente asistía a una clase casi semanalmente, al resto, cuando la carga de trabajo me lo permitía, y corregía exámenes, preparaba clases, respondía a emails y estudiaba algunas cosillas compartiendo bibliotecas, mesas de bares y cafés con compañera, (gracias por hacerme creer que podía ser, que valía la pena, gracias por la ayuda, por el apoyo y por la vida) y en ocasiones también militaba. Algunas tardes o noches corregía algún poema, y daba forma a un compendio de escritos que llevaba años rondándome la cabeza, y finalmente decidí enviarlos a una editorial admirada desde siempre. Fue por el esfuerzo que estaba haciendo por lo que empecé a creer que podía ser posible, sobre todo cuando llegaron los días de las pruebas escritas,  y ya estaba ahí, haciendo cola para entrar con el carnet de identidad, en la sede de exámenes. Cuando dos días después las pruebas acabaron, pasé varios días en bodas y celebraciones en España (se casaba uno de mis mejores amigos) y la vida continuó. Las familias volvían a estar juntas también. Una semana después recibí noticias de Ediciones Torremozas, respondiendo favorablemente al envío de mi poemario, unos meses antes. El libro les había gustado mucho, y me proponían publicarlo en la segunda mitad del año. Ahí empezaba otra gran aventura, y el principio de un sueño cumplido.

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No volví a estudiar durante un tiempo, hasta que compañera me sugirió que siguiera preparando las pruebas orales, a pesar de no tener mucha certeza ni creer tampoco demasiado en la posibilidad de aprobar los escritos. Mientras tanto, el trabajo, los exámenes, las correcciones, las preparaciones de las clases y la militancia absorbían también la mayor parte de mi tiempo. No tenía ni idea de cómo eran las pruebas orales de la oposición, y ante la incertidumbre, dejé un poco de lado el tema durante unas semanas, preparando mudanzas. Cuando cambié de piso, y estaba empezando a retomar el estudio (y las correcciones, y los exámenes, y las clases…), allá por los inicios del mes de Mayo, recibí la noticia de que había aprobado las pruebas escritas y, de que, por tanto, los orales tenían lugar a final del curso, en Junio o principios de Julio. Volví a encerrarme a hacer fichas en mis ratos libres, esta vez sin ningún tipo de orden ni disciplina, porque casi desconocía hasta la naturaleza de las pruebas mismas. Eventualmente con la ayuda de algunos amigos y sin apenas dormir por las noches sacando ratos libres para terminar de hacer lo que me proponía cada semana, fue pasando el tiempo. Llevaba un mes y medio en mi nueva casa y aún vivía entre cajas y maletas sin deshacer. A finales de mayo (o principios de Junio) algunos compañeros de Izquierda Unida Francia vinimos a Madrid al congreso del partido y también fue una gran experiencia. Dejé de lado durante un par de días los libros y apuntes (aunque los trenes fueran mis aliados) dejando paso a tres intensos días de militancia y compañerismo en mi ciudad. En esos días, coincidimos con mucha gente estupenda, tuvimos oportunidad de intercambiar algunas ideas y pistas, y fue una experiencia agotadora y enriquecedora. La pequeña parcela de militancia de mi vida también era agradecida. En la universidad seguía con clases pero ya sobre todo con exámenes que hacer, vigilar, corregir. La cosa nunca se terminaba, y entre examen y examen yo releía mis apuntes. Cuando las fechas de las pruebas orales llegaron, acababa de entregar las últimas notas de los últimos exámenes de recuperación que habían tenido lugar los días anteriores, por las noches no dormía demasiado y seguía viviendo entre cajas. Hice una maleta, compré ropa elegante para presentarme ante el tribunal y tomé un tren para Poitiers. Las pruebas fueron una locura. Si tuviera que decir cómo me sentí en aquellos días, diría fuera de todo, fuera del tiempo, fuera de lugar. En un lugar desconocido, sola, durmiendo en un hotel, y examinándome delante de unos desconocidos, sin haber hecho algo así antes en ninguna ocasión ni en ninguna formación al respecto. Eso sí que era una locura. El primer examen sentí que fue una catástrofe. Estaba tan nerviosa y tan desubicada que hice algunas chorradas épicas, y pensé que estaba eliminada sin ninguna duda. Esa tarde fue espantosa, una especie de lucha interna para ver si seguía estudiando un poco más y creyendo que podía ser posible y hacer algo decente en la última prueba la mañana siguiente, o tirar la toalla. Gracias a la familia y a la compañera por estar ahí, e insistirme en aguantar 24 horas más. Al día siguiente recuperé un poco el desastre del día anterior, aunque sin saber si sería suficiente para aprobar finalmente las pruebas.

Volví a Montpellier agotada. Había cogido el billete de vuelta un día más tarde porque no sabía la hora a la que terminaría mis exámenes. Fue uno de los días más largos de mi vida, encerrada en la ciudad de mi posible fracaso, donde no había pasado más que momentos de estrés, soledad, y angustia. Decidí no pensar en nada más. Los sentimientos encontrados me hacían puré el cerebro, así que decidí tomarme unos días tranquilos, terminar de hacer cosillas para el trabajo, ir a la playa, salir un poco de Montpellier. Días después, cuando compraba algo de material para irme unos días de vacaciones a los Pirineos, me llama un amigo para decirme que he aprobado la oposición, y él también. No podía creérmelo. Esa noche nos emborrachamos y nos fuimos a montar en bicicleta. Durante unos días, hubo encuentros y celebraciones con la familia montpellierina. Después, gestiones y gestiones. Solicitar destino, abrir algunas cajas pendientes de la mudanza. Pocos días después me comunican que me han destinado a la periferia de París a partir de principios de Septiembre. Verano de mudanzas, de búsqueda de casa, de papeleos, de gestiones mil con compañera, a la que también destinaron a París. Viajes y trajines, precariedad, felicidad, emoción, cansancio. Para cuando el piso, la mudanza y las gestiones estaban en su mayor parte solucionadas, no quedaban días de vacaciones, así que el curso empezó en un abrir y cerrar de ojos. Instituto complicado, enorme, con compañeros excepcionales. El rencuentro con amigos parisinos, con la ciudad agridulce de la precariedad y la belleza. La formación. La vida en los subsuelos de París. El mundo a contrarreloj. La cotidianidad de los transportes. La vida de periferia. Y mis gatetes.

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Termino el año sin apenas tiempo libre, -porque todos sabemos que las navidades son unas falsas vacaciones- agotada y feliz, presentando “Paisajes para un cántico”, el libro, finalmente publicado a finales de año, contenta de todo lo conseguido, agradecida de todo lo vivido, lo compartido. También hay cosas tristes. Hay familiares lejos, hay hermanas errantes, el hogar dónde, la familia qué, cómo la tribu, qué la identidad. Siempre esas preguntas. Siempre una pequeña tristeza me acompaña. También ese ahogo del tiempo que corre tras de una, sin darnos la opción de echar un vistazo, de pararse a tomar un poco de aire para seguir. Pero pienso también que mamá tuvo algo de premonitorio con aquella frase la pasada Nochevieja. Y aunque el año termine de manera algo agridulce, porque las fiestas no son en sí mucho mi estilo, ni las prisas, ni los adioses, ni las separaciones, creo que si tuviese que resumir el año en varias palabras diría trabajo, esfuerzo, familia, buena compañía, diría “la vida es docencia”, otra frase célebre y premonitoria de papá, diría suerte y grandes noticias, diría resistencia, recompensa y sentido.

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En estas luchas cotidianas por el tiempo ha habido muchas derrotas y también algunas victorias. La urgencia cotidiana da paso a la falta de contacto entre amigos, a la escasez de momentos familiares, a remplazar muchas veces la necesaria soledad por otra más materialista. El título del año podría ser “El tiempo como lucha cotidiana”, “algunas victorias contra la falta de tiempo” o “Luchar para redefinir el tiempo”. Para mí, sería luchar por un tiempo de calidad, para compartir, para dialogar, para crear. Encontrar esos espacios en los que aprender, en los que construir, en los que ser libre.

Gracias por el camino y la compañía. Sé que 2017 trae cosas estupendas que ya están casi llegando. Creemos más espacios, más resistencias, más islas y más tribus. Conversemos. Ganemos más victorias en el nombre de tiempo. Hagámoslo posible.

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